Una hora dedicada a un post y una hora dedicada a una página de tu web no valen lo mismo, y la diferencia no está en la calidad del trabajo: está en cuánto tiempo sigue trabajando cada una.
Una publicación en redes concentra casi todo su alcance en las primeras horas y a los tres días es prácticamente invisible, salvo que alguien la busque a propósito. Una página bien hecha empieza despacio y sigue trayendo gente dos años después, porque la trae una búsqueda que se repite todos los meses. No es que un canal sea mejor que el otro —hacen cosas distintas: uno recuerda, el otro captura demanda—, pero sí explica por qué una empresa puede publicar sin parar durante un año y no tener nada acumulado al final.
Hay además un matiz que se olvida: lo publicado en una plataforma no es tuyo. Vive en una cuenta que no controlas, con un alcance que decide otro, y no se puede exportar ni recuperar si mañana cambian las reglas o cierran el perfil.
La forma sensata de aprovechar las dos cosas no es publicar más, es reciclar hacia dentro. Cuando un contenido funciona en redes —una duda que generó preguntas, una comparación, un antes y después—, ya sabes que a tu público le interesa: eso mismo, convertido en una página de tu web, es contenido validado, y encima llega con el guion escrito. Y al revés, cada página que publicas da para varias piezas de redes durante semanas.
Un solo trabajo, dos canales, y algo que queda cuando el algoritmo de turno cambia de humor.
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